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    <title>Paralelo 32</title>
    <subtitle>Periodismo Confiable</subtitle>
    <updated>2026-06-18T20:01:23+00:00</updated>
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            Infancias sobrecargadas: El estrés invisible detrás de la falta de atención y las dificultades de aprendizaje
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                <![CDATA[Dra. Florencia Sanabria]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/328W24LYsR74s8_l1I3Zz-KIyAs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/florencia_sanabria.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los últimos años, una escena se repite con frecuencia creciente: niños pequeños con agendas más cargadas que las de muchos adultos. Escuela, inglés, deporte, terapia, apoyo escolar, estimulación, actividades los fines de semana. Todo parece estar orientado a “potenciar” su desarrollo. Sin embargo, algo no está funcionando como se espera.</p><p>Cada vez más niños consultan por dificultades en la atención, bajo rendimiento escolar, irritabilidad, cansancio y problemas en el aprendizaje. Y frente a estos síntomas, la pregunta suele ser rápida: ¿tiene un trastorno? Pero pocas veces se formula otra pregunta, quizás más incómoda: ¿está ese niño sobrecargado?</p><p>El estrés infantil no siempre se manifiesta como en los adultos. No se expresa con palabras claras ni con quejas estructuradas. Se manifiesta en la conducta, en el cuerpo y en el rendimiento.</p><p>Un niño estresado puede parecer desatento, inquieto, disperso. Puede tener dificultades para sostener tareas, frustrarse con facilidad o mostrar rechazo a la escuela. En muchos casos, estos signos son rápidamente interpretados como un trastorno del neurodesarrollo o un problema de aprendizaje. Sin embargo, en algunos niños, lo que está en juego no es un déficit estructural, sino un sistema sobreexigido.</p><p>El cerebro infantil necesita tiempo, pausa y repetición para consolidar aprendizajes. Necesita juego libre, descanso y espacios sin demanda. Pero cuando la agenda está saturada, estos espacios desaparecen.</p><p>El resultado es un niño que funciona en modo de exigencia constante.</p><p>Y en ese contexto, la atención no falla por falta de capacidad, sino por agotamiento. Este punto es clave. No es lo mismo un niño que no puede atender, que un niño que no puede sostener la atención porque está saturado.</p><p>Sin embargo, el sistema —tanto educativo como familiar— muchas veces no distingue entre estas situaciones.</p><p>La cultura actual valora la productividad, el rendimiento y la estimulación temprana. Bajo esta lógica, hacer más parece ser siempre mejor. Pero en la infancia, más no siempre es mejor. A veces, es demasiado. La falta de una mirada adulta crítica sobre esta sobrecarga genera un circuito preocupante. El niño empieza a mostrar dificultades, se agregan más apoyos, más actividades, más intervenciones. Pero no se reduce la exigencia de base. Se intenta compensar el cansancio con más estímulo. Y el resultado es previsible: el niño se agota aún más.</p><p>A esto se suma otro factor relevante: la desconexión progresiva del juego espontáneo. El juego libre no es un lujo, es una necesidad del desarrollo. Es el espacio donde el niño regula, procesa y organiza su mundo interno.</p><p>Sin juego, sin pausa, sin tiempo propio, el sistema emocional se sobrecarga.</p><p>En este contexto, las dificultades de aprendizaje comienzan a aparecer. No porque el niño no pueda aprender, sino porque no está en condiciones de hacerlo. El estrés impacta directamente en la memoria, la atención y la capacidad de procesamiento. Un niño cansado aprende peor. Un niño exigido en exceso rinde menos. Pero si esto no se reconoce, se corre el riesgo de etiquetar lo que en realidad es una consecuencia del entorno.</p><p>Esto no implica negar la existencia de trastornos reales. Implica afinar la mirada.</p><p>No todo déficit de atención es un trastorno. No toda dificultad de aprendizaje es estructural. Algunas son el resultado de una infancia sin tiempo. Recuperar una mirada más saludable implica revisar las agendas, priorizar, elegir. No todo niño necesita múltiples actividades. No todo tiempo debe estar ocupado.</p><p>También implica acompañar desde otro lugar. Escuchar más, exigir menos, observar con mayor profundidad. El desarrollo no es una carrera. Y cuando se lo convierte en una, el costo lo paga el niño. Hoy el desafío no es hacer más por los niños, sino hacer mejor. Y en muchos casos, eso empieza por algo simple y profundamente difícil: bajar la exigencia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/328W24LYsR74s8_l1I3Zz-KIyAs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/florencia_sanabria.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En los últimos años, una escena se repite con frecuencia creciente: niños pequeños con agendas más cargadas que las de muchos adultos. Escuela, inglés...]]>
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                                <updated>2026-06-18T20:01:23+00:00</updated>
                <published>2026-06-18T19:58:36+00:00</published>
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            Acoso escolar y mensajes actuales. Cuando la conducta se etiqueta y el sistema no responde
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                <![CDATA[Dra. Florencia Sanabria]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/T8m0GjUl9uxBGx-GqEmXHXy2_9k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/acoso_escolar.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los últimos días, distintos mensajes y situaciones de acoso escolar han vuelto a ocupar un lugar central en la conversación social. Audios, capturas de pantalla, relatos de padres y estudiantes circulan con rapidez en redes sociales, exponiendo una realidad que, lejos de ser nueva, parece haberse intensificado: la violencia entre niños y adolescentes dentro y fuera del ámbito escolar.</p><p>Sin embargo, el problema no se limita al acoso en sí. Lo verdaderamente preocupante es cómo lo estamos interpretando y abordando.</p><p>En muchos casos, frente a situaciones de bullying, la respuesta del sistema educativo tiende a simplificar. Se identifica una conducta disruptiva, se etiqueta rápidamente a uno o varios niños y se intenta intervenir sobre ese comportamiento sin comprender el fenómeno en su totalidad. Aquí aparece un concepto clave: los fenotipos conductuales. Los fenotipos conductuales son descripciones observables de comportamiento: impulsividad, aislamiento, agresividad, dificultad en la regulación emocional, problemas en la interacción social. Son útiles como punto de partida, pero no explican la causa.</p><p>El problema surge cuando estos fenotipos se transforman en diagnósticos implícitos o en explicaciones cerradas. Cuando un niño es definido por su conducta sin que se investigue qué está sosteniendo esa conducta.</p><p>Un niño que agrede puede estar respondiendo a un entorno hostil. Un niño que se aísla puede estar atravesando ansiedad o depresión. Un niño que no regula puede tener alteraciones en el sueño, en su alimentación o en su desarrollo neurológico. Pero si el sistema se queda en la superficie, todo se reduce a “el que molesta”, “el que no se adapta”, “el problema del aula”.</p><p>El acoso escolar, en este contexto, no es solo un conflicto entre pares. Es también un síntoma de un sistema que no logra leer lo que está ocurriendo.</p><p>Las escuelas, muchas veces, no cuentan con herramientas suficientes para abordar la complejidad actual. La sobrecarga de alumnos, la falta de formación específica en salud mental, la presión por sostener la dinámica académica y la ausencia de equipos interdisciplinarios generan intervenciones parciales y, en muchos casos, tardías.</p><p>A esto se suma un cambio cultural profundo. Los conflictos ya no quedan dentro del aula. Continúan en redes sociales, en grupos de mensajería, en entornos digitales donde la exposición es constante y la agresión puede amplificarse sin límites. El acoso ya no termina cuando suena el timbre.</p><p>Este fenómeno tiene consecuencias clínicas concretas. Aumento de síntomas de ansiedad, cuadros depresivos, retraimiento social, dificultades en el aprendizaje y, en situaciones más graves, riesgo de autolesiones. Pero nuevamente, la respuesta suele centrarse en la conducta visible. Se sanciona, se advierte, se llama a los padres. Sin embargo, pocas veces se realiza un análisis profundo del contexto: qué dinámicas grupales están en juego, qué rol cumplen los adultos, qué condiciones emocionales y biológicas tienen los niños involucrados.</p><p>El sistema escolar necesita una revisión urgente.</p><p>No alcanza con protocolos formales si no hay comprensión real del problema. No alcanza con identificar “víctimas” y “agresores” si no se interviene sobre el grupo, sobre el clima institucional y sobre las condiciones individuales de cada niño. Incorporar una mirada más compleja implica, también, salir del reduccionismo conductual. Implica entender que la conducta es un lenguaje. Que expresa algo. Que no aparece en el vacío. Y esto requiere formación, tiempo y decisión institucional. También requiere trabajar con las familias. Porque muchas veces, lo que ocurre en la escuela tiene continuidad en el hogar y en el entorno digital. Sin un abordaje conjunto, cualquier intervención queda incompleta.</p><p>El desafío no es menor. Pero ignorarlo tiene un costo alto.</p><p>Cada mensaje que circula, cada caso que se viraliza, no es solo una noticia. Es una señal de que algo no está funcionando. Y mientras sigamos respondiendo desde la superficie, vamos a seguir viendo las consecuencias. El acoso escolar no se resuelve solo corrigiendo conductas. Se resuelve entendiendo qué las genera.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/T8m0GjUl9uxBGx-GqEmXHXy2_9k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/acoso_escolar.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En los últimos días, distintos mensajes y situaciones de acoso escolar han vuelto a ocupar un lugar central en la conversación social. Audios, captura...]]>
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                                <updated>2026-04-24T13:44:56+00:00</updated>
                <published>2026-04-24T13:40:01+00:00</published>
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            Pantallas y primera infancia. Cómo pueden “apagar” un cerebro en desarrollo
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                <![CDATA[Dra. Florencia Sanabria]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PmvYDR5aEG2DfSmBfvZb1X5df-Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2025/12/pantallas_y_primera_infancia_como_pueden_apagar_un_cerebro_en_desarrollo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los últimos años veo en mi consultorio un fenómeno que se repite: bebés y niños muy pequeños que llegan con ausencia o pérdida de lenguaje, falta de contacto visual, irritabilidad, sueño desorganizado y conductas que se parecen a un trastorno del neurodesarrollo. Muchos padres llegan angustiados pensando en autismo. Pero al revisar la historia clínica aparece un dato central: exposición temprana y prolongada a pantallas.</p><p>Quiero explicar qué ocurre en el cerebro del bebé cuando esto pasa, por qué lo llamamos “apagado funcional” y qué encontramos hoy en la evidencia científica.</p><p>Cómo una pantalla puede “apagar” un cerebro infantil. No se trata de un apagado literal. El cerebro deja de avanzar, frena procesos que deberían estar en pleno crecimiento y se “desconecta” para protegerse. Esto ocurre por distintos mecanismos:</p><p>1. Sobrecarga sensorial</p><p>Los videos para bebés tienen demasiada luz, demasiados cambios de escena, demasiada velocidad. El cerebro inmaduro no puede filtrar ese nivel de estímulo y se abruma. Cuando un estímulo es demasiado intenso, el cerebro se desconecta para no saturarse más.</p><p>2. Reemplazo de estímulos esenciales</p><p>Entre los 0 y los 4 años el cerebro necesita miradas reales, turnos conversacionales, contacto, juego manual y movimiento. Cuando aparece la pantalla, desplaza todo esto. Sin esas experiencias, el cerebro no construye lenguaje, ni socialidad, ni regulación emocional.</p><p>3. Falta de interacción humana</p><p>La pantalla no mira, no interpreta, no responde. El bebé aprende a hablar porque alguien le devuelve la mirada, le contesta, le imita. Sin ida y vuelta, no se activan las redes del lenguaje.</p><p>4. Dopamina instantánea</p><p>Los videos generan pequeñas descargas de dopamina constantemente.El cerebro se acostumbra a estímulos artificiales fuertes y después rechaza lo real: libros, juguetes, caras, juego simple. Sin interés por lo real, el desarrollo se enlentece.</p><p>5. Modo pasivo</p><p>Frente a una pantalla el niño no toca, no explora, no experimenta.El aprendizaje se vuelve pasivo y el cerebro deja de crear nuevas conexiones.Ese es otro tipo de apagado.</p><p>Qué dice la evidencia científica. La investigación es clara y consistente:</p><p>Estudio JAMA Pediatrics 2023 (7.097 niños): Bebés de 1 año con más de 4 horas diarias de pantallas tenían 5 veces más riesgo de retraso en comunicación a los 2 años. Traducción: A más pantallas, menos lenguaje. Estudio 2024 (600 niños de 6 meses a 3 años): Más de 2 horas por día = peores puntajes de lenguaje. Estudios en preescolares: Más pantallas = menos palabras, menos comprensión, más irritabilidad, menos vínculo con el adulto. Revisión sistemática 2024: Impacto negativo en lenguaje, atención, autocontrol, conducta social y resolución de problemas.</p><p>Conclusión científica: el cerebro en desarrollo no madura bien con pantallas tempranas. ¿Es reversible este “apagado”? Sí. Y muchas veces más rápido de lo que se cree. Cuando los padres hacen cambios concretos: 0 a 2 años: cero pantallas, 2 a 4 años: uso mínimo y acompañado, pantallas fuera de comidas, sueño y berrinches, más juego real, interacción, lectura y aire libre, muchos niños vuelven a mirar, a imitar, a jugar y recuperan lenguaje en pocas semanas o meses.</p>La plasticidad cerebral de la primera infancia es enorme<p>Cómo diferenciar “efecto pantallas” de un trastorno del neurodesarrollo</p><p>Hay dos claves: Si al eliminar pantallas durante 6–8 semanas el niño mejora en mirada, juego e imitación la sobreexposición tenía un rol central. Si no hay cambios, o hay regresiones, es necesaria una evaluación completa.</p>Mi mensaje a los padres<p>No se trata de culpas. Se trata de información.&nbsp; Un bebé no necesita tecnología. Necesita caras, voces, contacto y mundo real. Porque ningún video puede reemplazar lo que un cerebro infantil necesita para encenderse, crecer y conectar.</p><p>Un niño no aprende mirando una pantalla: aprende mirándote a vos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PmvYDR5aEG2DfSmBfvZb1X5df-Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2025/12/pantallas_y_primera_infancia_como_pueden_apagar_un_cerebro_en_desarrollo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En los últimos años veo en mi consultorio un fenómeno que se repite: bebés y niños muy pequeños que llegan con ausencia o pérdida de lenguaje, falta d...]]>
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                                <updated>2026-04-13T19:25:07+00:00</updated>
                <published>2025-12-11T13:15:00+00:00</published>
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            Qué es realmente el diagnóstico de autismo en la primera infancia
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                <![CDATA[Dra. Florencia Sanabria]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AgUomvaZxX2L8YO7bIHuvhDjpnI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2025/12/dra_florencia_sanabria.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los últimos años recibo cada vez más familias preocupadas porque su hijo no habla, habla muy poco o porque perdió las pocas palabras que tenía. En muchos casos ya escucharon la palabra “autismo”, y llegan con el temor de que el retraso del lenguaje sea una confirmación. Quiero explicar de forma clara qué significa realmente este diagnóstico y por qué no todo niño que no habla es autista. El lenguaje tardío no es sinónimo de autismo. Este es el primer error que debemos corregir. El autismo no se diagnostica por el lenguaje, sino por dificultades en la comunicación social y patrones de conductas repetitivas que persisten a lo largo del tiempo.</p><p>Un niño que no habla puede tener: retraso madurativo, antecedentes perinatales, hipoacusia, un trastorno específico del lenguaje, exceso de pantallas, hipersensibilidad sensorial, problemas de sueño o alimentación y ninguna de esas causas es autismo.</p>Qué observo para pensar en autismoAntes de diagnosticar, evalúo dos áreas clave:<p>1. Comunicación social. Observo si el niño: mira a los ojos, señala para pedir o mostrar, comparte intereses, responde al nombre, imita acciones, usa gestos para comunicarse.</p><p>2. Conductas repetitivas o intereses restringidos. Evaluamos: movimientos repetitivos, rutinas muy rígidas, juego inusual, sensorialidad extrema, intereses obsesivos. Si ambas áreas están afectadas, recién ahí considero un diagnóstico dentro del espectro autista.</p>Qué descarto siempre cuando el lenguaje no llegaAntes de hablar de autismo, estudio causas que pueden copiar sus síntomas:<p>Audición. Hipoacusias leves, fluctuantes u ocultas pueden generar aparente “desconexión” y retraso del lenguaje. Sueño. Apneas, despertares frecuentes o respiración bucal afectan la atención y la adquisición del lenguaje. Nutrición y metabolismo. Hierro bajo, vitamina D baja, B12 alterada, zinc/cobre desbalanceado. Todo impacta en el neurodesarrollo.</p><p>Enfermedades o inflamación crónica. Otitis repetidas, alergias severas, celiaquía sin diagnosticar. Pantallas. La evidencia científica muestra que la exposición temprana puede generar síntomas muy similares al autismo: poca mirada, irritabilidad, juego repetitivo y ausencia de lenguaje. Variantes del desarrollo</p><p>Algunos niños simplemente necesitan más tiempo. La clave es evaluar su intención comunicativa.</p>Qué dice la evidencia científica. Los estudios más recientes confirman:<p>Entre un 25% y 40% de los niños con retraso del lenguaje no tienen autismo.</p><p>Bebés de 1 año que usan más de 4 horas diarias de pantallas tienen cinco veces más riesgo de retraso en comunicación (JAMA Pediatrics, 2023 – Japón).</p><p>Niños de 6 meses a 3 años con más de 2 horas de pantallas presentan peores puntajes de lenguaje (estudio 2024 – India)</p><p>Las guías internacionales exigen alteraciones sociales persistentes, no solo falta de palabras. En resumen: el lenguaje tardío puede tener múltiples causas y el autismo es solo una de ellas. ¿Cuándo preocuparse? Señales de alerta.</p>Recomiendo evaluación si a los:<p>12–15 meses: no señala, no imita, no busca compartir intereses.</p><p>18 meses: no dice palabras con intención comunicativa.</p><p>2 años: no arma palabras simples o no comprende órdenes básicas.</p><p>Cualquier edad: hay regresión del lenguaje o de la interacción.</p><p>¿Qué diferencia al autismo de otras causas?</p><p>Los niños con retraso del lenguaje por otras razones suelen:</p><p>buscar al adulto, responder a juegos simples, imitar gestos, compartir intereses, mostrar intención comunicativa. En cambio, en el autismo aparecen dificultades persistentes en: contacto visual, comunicación no verbal, comprensión social, flexibilidad del juego.</p>Mi mensaje final para las familias<p>Cuando el lenguaje no llega, no hay que etiquetar: hay que estudiar. No adelantemos diagnósticos sin evaluar al niño completo: su audición, su sueño, su ambiente, su salud, su interacción, su historia prenatal, su juego y su contexto familiar. Un diagnóstico bien hecho cambia la vida del niño y de su familia.Y llega siempre después de entender qué necesita ese cerebro, no después de mirar cuántas palabras dice.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AgUomvaZxX2L8YO7bIHuvhDjpnI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2025/12/dra_florencia_sanabria.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>En los últimos años recibo cada vez más familias preocupadas porque su hijo no habla, habla muy poco o porque perdió las pocas palabras que tenía. En...]]>
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                                <updated>2026-04-13T19:25:07+00:00</updated>
                <published>2025-12-11T11:00:00+00:00</published>
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